
Pasan los años y la danza flamenca continúa cobrando importancia y sindo admirado por los diferentes públicos de diferentes lugares, más allá de los admiradores provenientes de su cuna natal, España.
En Argentina el Flamenco no era un fenómeno desconocido y ya por los 90’ algunos profesores lo incluían entre sus danzas españolas. No muchos se animaban a explorarlo pero bastó con transmitirse algunos programas televisivos, para que niños, adolescentes y adultos empezaran a atraparse con los conjuros gitanos.
Las distintas sagas no parecían acercarse a los rasgos puros y duros del baile, incorporaban sólo algunas técnicas que parecían marcar una tendencia particularmente en mujeres jóvenes que intentaron imitar a actrices como Julieta Diaz, Romina Gaetani o Laura Azcurra. No sólo enfatizaron peleas, conventillo y culturas calé sino que también exageró el oficio original sobre el tablao.
Es inevitable que se trastoquen algunas técnicas a la hora de querer incorporar escenarios y en varios casos escasa el ascesoramiento profesional. Bailar Flamenco no sólo significa mover los dedos ágilmente o dar reiteradas volteretas. El baile exige un seguimiento de determinados niveles que algunos llevarán adelante más rapido que otros. El público es afectado por los medios de comunicación, ya que son una herramienta persuasiva que permite comunicar a los diferentes estratos sociales, políticos, económicos y también con el arte. Al desconocer las reglas la masa puede confundirse e interpretar como única verdad lo que ellos inyectan y sólo se remiten a dicha impresión.
Para sentir el flamenco hay que insertarse en su mundo, estudiarlo, meditarlo y compartirlo junto a grandes figuras como Paco de Lucía, Camarón, Carmen Amaya, Joaquín Cortez y muchos otros para poder aprender aquél mítico mundo gintano.